A propósito del día mundial contra la violencia de género, quise hablar de lo que significa ser mujer en esta ciudad, y bien usted, querido lector, puede leer hasta aquí e irse, pero si se queda, le prometo firmemente, dedicarme a hacer acopio de realidades, en lugar de saturarlo con quejas y reclamos sin fundamentos.

“Ser mujer en Montería no es tan lindo como parece, ni tan malo como lo pintan”: no piense que este será un texto de feminismo extremo acusando a todos los hombres de machistas, posicionando algún tipo de rencor hacia ellos como la respuesta a la lucha de la igualdad de géneros.

Quiero contar una historia, una perspectiva, sí, totalmente unilateral, porque la cuenta una mujer monteriana, sí, totalmente molesta, por los atropellos sociales, y a pesar de eso, sí, totalmente feliz de vivir en esta ciudad, por ser perfecta e imperfecta en todas sus partes, sus barrios y su gente.

dia de la mujer en monteriaUna mujer en Montería trabaja y estudia, se asolea y se ensucia las manos, se cansa y llora, igual que muchos hombres de la ciudad, pero déjenme ser más subjetiva que un “yo”, porque hoy quiero hablarles de mis mujeres, las que le meten ‘cañaña’ a la vida, pero que muchas veces son menospreciadas laboralmente; rechazadas en sus propios hogares y humilladas por su pareja con agresiones físicas y verbales.

En Colombia, 7 de cada 10 mujeres son maltratadas y nuestras madres, hermanas, hijas o sobrinas han sido o serán agredidas (con palabras o golpes) por lo menos una vez en su vida. Y aquí en Montería la cosa no va mejor, y para la muestra, un botón: siempre que una mujer no pueda salir al centro de la ciudad sin que la miren con morbosidad o la acosen sexualmente con palabras obscenas, no habrá respeto ni igualdad, y mucho menos libertad.

Ser mujer en Montería es salir en la moto a trabajar todo el día, llegar a la casa adolorida a preparar la comida y atender a tus hijos; ser mujer en Montería es hacer las labores del hogar toda la mañana y ver novelas turcas en las tardes; ser mujer en Montería es salir a hacer los mandados al centro y aguantarte las miradas y gestos repulsivos de algunos hombres, es montarte en un bus y que se aprovechen para tocarte, o bien, que te cedan un asiento; ser mujer en Montería es estar embarazada y que te ayuden a dondequiera que vayas; es que te regalen frutas o te den la “ñapa” cuando vas a hacer las compras al mercadito, subirte a un mototaxi, de ladito porque llevas falda y pedirle al señor que no vaya tan rápido; es conocerse Montería de pe’ a pa’ y saber dónde encontrar las cosas más baratas o dónde pedir rebajas, salir a estudiar en las mañanas y regresar en las noches cansada a la casa. Ser mujer en Montería, excepto por ciertos aspectos, no es muy diferente a ser un hombre.

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Es cierto que las mujeres son más susceptibles a ser maltratadas y que la violencia de género se ve más en mujeres que en hombres, pero no hay que victimizarnos, las mujeres tenemos fuerza también para gritar si nos golpean, para responder a los golpes con un palazo de escoba -que no es la solución, pero los aguanta-, para denunciar el acoso sexual. Tenemos voz, ¿Qué nos falta entonces? Valentía y menos paciencia. Si las mujeres no cambiamos los estereotipos sociales, ningún hombre lo hará por nosotras. Nuestra tarea está en exigir nuestros derechos y no menospreciarnos a nosotras mismas.

Es tu responsabilidad como mujer acabar con la violencia de género, denunciando o enseñando a otras que las respuestas están en mantenerse firme ante las agresiones, no dejarse caer y denunciar el maltrato, porque en tu voz está tu libertad. Después de todo, ser mujer en Montería es más sinónimo de perrenque que de debilidad.

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