
He llegado a la conclusión –tras cumplir 29 años—, de que no haré nada que no quiero hacer, de que los hombres que he elegido a lo largo de mi vida, no han sido mi mejor elección, no porque ellos hayan sido malas personas, o porque yo me considere perfecta, incluso han habido hombres fantásticos, sólo no han sido los adecuados para mí.
Me he equivocado, pero, de mis equivocaciones rescato, mi crecimiento como ser humano, el afianzamiento de autovaloración y respeto por mí misma, el redescubrimiento de mi amor propio como el arma más importante para trascender, el criterio para discernir y elegir lo que me conviene o alejar lo que no y, la maduréz espiritual y emocional para comprender que estar soltera no es un pecado, no me preocupa y no debo bajo ninguna circunstancia sentirme mal pues no he cometido una falta.
Nuestra sociedad estigmatiza a la mujer, cuando esta llega a cierta edad y no ha cumplido el ciclo al que por obligación se cree que está destinada, sin tener en cuenta que en la actualidad hay mujeres que tienen otras prioridades en la vida, que luchan por otras causas y cuyos sueños están lejos del ser mamás o de casarse. Admiro profundamente a las mujeres que son cabeza de hogar, que levantan a sus hijos solas, admiro profundamente a las mujeres que tienen la sabiduría y el temple para luchar por la estabilidad de su matrimonio, pero, también admiro a las mujeres que han decidido realizarse en el ámbito profesional porque consideraron que eso las hace sentir plenas. Como individuos de una sociedad que avanza debemos aprender a entender y respetar cada decisión y posición.
En lo personal en este momento mi tranquilidad prima, en cuanto a relaciones he decidido que no me conformaré con hombres que no admire profundamente, que no respeten mi forma de pensar y que no valoren lo que tengo para dar.





